IV PARTE:-
ara las navidades de 2013 había tratado sin éxito de encontrar testigos nuevos y visitado a etarras en prisiones que no me habían proporcionado siquiera una pista. No había logrado encontrar nada que pudiera mantener la causa viva.
La ausencia de actividad iba a desembocar, inevitablemente, en el archivo provisional del sumario. En resumen, la investigación se encontraba en una nueva "vía muerta". Pero una llamada anónima iba a cambiarlo todo.
'ANDRÉS'
El 23 de diciembre de 2013, lunes, estaba en la redacción trabajando. Era mediodía. Sonó el teléfono y descolgué el aparato. Alguien preguntaba por mí, habían pasado la llamada desde la centralita de EL MUNDO. Una voz aguda, nasal, me dijo: "Tú no sabes quién soy yo, pero yo creo saber algo de lo que pasó en el atentado en el que murió tu padre".
El corazón se me puso a mil por hora. Pregunté con quién estaba hablando, pero no quiso identificarse. El número de la llamada, que anoté rápidamente en una libreta, resultó ser el de una cabina pública.
"He leído una y otra vez el articulo que escribiste en EL MUNDO, el del folio [El folio 825], me lo sé de memoria”, afirmó la voz. "Has tenido algo de suerte, pero ¿ahora qué?".
La conversación duró muy poco. La voz, que titubeaba de vez en cuando, medía los silencios, buscaba las palabras precisas. "¿Quieres saber qué pasó de verdad?". "Por supuesto", contesté.
Le pedí torpemente un nombre, un número de teléfono o alguna forma de contacto. Insistí en saber con quién hablaba. La voz se identificó como Andrés: "Ya volveré a ponerme en contacto contigo". Entonces le di mi propio número de móvil. "Volveré a llamar". Colgó.
No sería hasta tres meses más tarde cuando volví a escuchar la voz. Llamó una mañana a mediados de marzo, otra vez desde una cabina. Quedamos una semana después en unos grandes almacenes, puesto que necesitaba cierto tiempo para poder trasladarse, según me comentó. Era un sitio concreto, público y concurrido, curiosamente muy cerca de donde había tenido lugar el atentado hacía 20 años.
El primer encuentro resultó extraño. Ambos medíamos mucho lo que decíamos. No me fiaba de Andrés. Éste tampoco se fiaba de mí. Entre otras razones, por mi condición de periodista. Él era un hombre relativamente joven, bajo y grueso, con unas gafas que aumentaban sus ojos y le daban aspecto de estar permanentemente asustado.
Establecimos una rutina en los siguientes encuentros, de modo que él tuviera tiempo suficiente para poder desplazarse. Las conversaciones que mantuvimos tenían lugar mientras dábamos vueltas y vueltas a una manzana: quedábamos en sitios concurridos y caminábamos sin parar, mientras intercambiábamos datos.Mi mejor ayuda resultó ser un ratón de hemeroteca, obsesionado por la historia reciente de este paísEntre los años 2014 y 2016 estuve reuniéndome con Andrés periódicamente. El sendero que indicó para continuar con la investigación era, en realidad, muy frágil. Lo sustentó en fragmentos de informaciones ya publicados, en un trabajo muy fino de investigación. Ya entonces deduje que Andrés era un ratón de hemeroteca, obsesionado por la historia reciente de este país.
De esta forma, casi por casualidad, entré en contacto con una de las personas más importantes en este caso, alguien que había leído absolutamente todo lo publicado sobre ETA y que tenía una extraña capacidad para bucear en los archivos de los principales periódicos y atar cabos. Alguien, en definitiva, que me hizo leer y revisar la historia de la banda terrorista como nunca antes lo había hecho.
PASEO DE EXTREMADURA, 71
La segunda vez que nos encontramos, Andrés me pidió que me llevara un portátil. Ya sentados en una cafetería, volcó en el ordenador unos documentos que él traía en su propio pincho de memoria: varios archivos, enlaces y artículos de prensa. Muchos de ellos yo ya los había leído, pero se ve que no con la debida atención.
Andrés insistía en una tesis fundamental: a pesar de que la banda contaba con otros pisos francos en la capital por aquel entonces (uno en la calle Doctor Fleming, otro en Bravo Murillo), la clave de este caso estaba en uno situado en el Paseo de Extremadura de Madrid, que había sido investigado por la Policía Nacional durante el verano de 1992 como parte de la infraestructura crítica de ETA en Madrid.
Yo conocía la existencia de aquel inmueble. Poco antes había realizado algunas búsquedas en hemerotecas online sin mucho tino -no sabía lo que estaba buscando en concreto- y había indagado a algunos compañeros. Por ejemplo, en una ocasión pregunté a mi compañero periodista Fernando Lázaro, que llevaba asuntos policiales en EL MUNDO, si le sonaba de algo este piso. "Hay muy poca cosa, prácticamente nada", me dijo en su momento.Andrés se había dado cuenta de la importancia que tenía la investigación sobre el piso del Paseo de Extremadura, 71 y sus ocupantesA través de los documentos facilitados en la carpeta copiada en el portátil, todos ellos referencias de noticias de los años 1992 a 1996, Andrés se había dado cuenta de la importancia que tenía la investigación que se realizó a dicho inmueble y sus ocupantes.
La vivienda en cuestión estuvo alquilada entre 1990 y 1992 por una mujer llamada María Jesús Arriaga Arruabarrena. La clave del descubrimiento de este piso franco de ETA surgió a raíz de una investigación policial a fondo llevada a cabo, sobre todo, desde el País Vasco.
Ésta arranca el 5 de junio de 1992, cuando se produjo la detención en París de Miguel Gil Cervera, Kurika. Este etarra era responsable de infraestructura de ETA por aquellos días. Cayó tras contactar, tres meses antes, con Sabino Euba Cenarruzabeitia, Pelopintxo,detenido el 28 de abril de ese año en el aeropuerto de Orly en París cuando estaba a punto de volar hacia México.
Kurika, en el momento de su detención, tenía en su poder mucha documentación. De hecho, su arresto fue una especie de mina de oro de información sobre la propia infraestructura y la red de pisos de la banda terrorista. Entre los papeles encontrados se hallaron varios DNI falsificados y supuestamente expedidos en Madrid, Barcelona y ciudades del País Vasco.
Uno de esos DNI falsos estaba a nombre de T. D. G. aunque la foto estaba cambiada y aparecía una del propio Kurika. Otro estaba a nombre de J. E. V. F. La Policía en el País Vasco se puso en contacto con los titulares reales de los DNI falsos y buscó cualquier punto en común. Uno de ellos "recordó que en una ocasión le había facilitado su DNI a una joven que trabajaba en una tienda de fotocopiadoras y que se lo pidió para hacer una demostración del funcionamiento de la máquina". El otro también había prestado su DNI para lo mismo.
Precisamente gracias a esa conexión se pudo localizar a María Jesús Arriaga Arruabarrena, de origen vasco, que había trabajado para la multinacional Canon en Madrid y que vivía desde octubre de 1990 en un piso de alquiler en el Paseo de Extremadura, 71.
Todos estos datos fueron publicados en el diario ABC del 31 de enero de 1996, en mitad de una noticia sobre Elkarri y los contactos entre el Gobierno y ETA. Reconozco que difícilmente hubiera llegado a esos datos sin que Andrés me los hubiera puesto delante de mis narices.
EL SEGUIMIENTO EN MADRID
A lo largo de los encuentros que manteníamos, Andrés y yo íbamos descubriendo detalles en torno a la actividad etarra de aquellos años. El relato solía saltar hacia adelante o hacia atrás en el tiempo, entre los años 92 y 93.
Entre sus teorías, por ejemplo, me llamó la atención que él consideraba la caída de la cúpula de la banda en la localidad francesa de Bidart en 1992 una operación "políticamente sobredimensionada". El 29 de marzo de ese año fueron detenidos Francisco Múgika Garmendia (Pakito), José Luis Álvarez Santacristina (Txelis), y José María Arregui Erostarbe (Fitti), el llamado colectivo Artapalo y considerados los máximos responsables de ETA, junto con media docena de personas.
"Fíjate que, a pesar de la detención del colectivo Artapalo, ETA siguió atentando y matando durante la campaña posterior", observó. Y tenía razón. La banda terrorista, efectivamente, siguió asesinando y aquélla fue una de sus épocas más violentas. De hecho, era Kurika quien realmente manejaba el operativo terrorista de la banda, como demostró la valiosa documentación que aportó su detención.
Mientras, en la poca información publicada aparecían insistentemente María Jesús Arriaga Arruabarrena, el piso que había alquilado y su relación con miembros de ETA.
Más adelante, en un informe policial -que me filtraron antes de su remisión al juzgado- firmado por el actual comisario general de información, Enrique Barón Castaño, y entregado al juez instructor el 25 de junio de 2015, queda reflejado que Arriaga Arruabarrena mantenía incluso una "relación sentimental" con el etarra Jesús García Corporales.
Yo estaba asombrado, apenas podía creerlo. García Corporales era el primer etarra al que había visitado en la cárcel. El mismo que había negado una y otra vez cualquier contacto directo con miembros de ETA después de huir a Francia en 1989.
Ese documento iba a proporcionar más datos cuya confirmación posterior superaría cualquier expectativa, y todos ellos quedarían confirmados por otro documento policial también filtrado, mucho más detallado, y que se incorporó al sumario en febrero de 2016.
Naturalmente, de los informes policiales se desprende inequívocamente que hubo un seguimiento exhaustivo a María Jesús Arriaga Arruabarrena en Madrid. Parecía que aquel piso del Paseo de Extremadura iba a ser de importancia trascendental durante la campaña 92/93.
Precisamente, un tercer informe policial reafirmaba que el piso estaba sometido a vigilancia y "tras obtener una autorización judicial para intervenir el teléfono del citado domicilio, se comprobarían las sospechas de que María Jesús Arriaga Arruabarrena en relación con su posible colaboración con ETA tenían fundamento". "Al parecer", prosigue el informe, "la misma recibía llamadas telefónicas de miembros de la banda terrorista integrantes del comando Madrid".
Esta vigilancia, a través de la cual se podrían haber controlado los movimientos del comando Madrid que iba a operar durante esa campaña, se mantuvo durante casi todo el verano de 1992. Hasta que se produjo un factor inesperado: María Jesús Arriaga huye de repente a Francia.
LA HUIDA DE MARÍA JESÚS
El contexto de la lucha antiterrorista de aquel año olímpico y tan importante para la imagen exterior de España, 1992, vino marcado por la caída de la cúpula de ETA en Bidart y por las sucesivas detenciones de responsables de la banda: Sabino Euba -Pelopintxo- a finales de abril; Ignacio Bilbao -Iñaki de Lemona- y Rosario Picabea -Ereka-, a finales de mayo; Miguel Gil Cervera -Kurika-, el 5 de junio; Faustino Estanislao Villanueva Herrera -Txapu-, el 3 de agosto; Jesús Amantes Arnaiz -Txirlas-, el 10 de agosto.
Todas las detenciones se produjeron en Francia: París, Bayona, Burdeos, Nantes... Y las actuaciones policiales no se detuvieron hasta mediados de otoño. Una de ellas fue crucial para los acontecimientos posteriores. Se trataba del arresto de Alberto Aldana Barrena, en Ciboure, el 3 de octubre de 1992, justo un día después de la festividad de la Policía Nacional, por cierto.
Aldana Barrena fue descrito en el momento de su arresto como "uno de los dirigentes de ETA más buscados", aunque las informaciones recogidas entonces no llegaban a atinar si su cometido era el de responsable del aparato de información de la banda, una voz relevante en el aparato político o alguien con un papel en el aparato logístico, como sostenía la policía francesa.
Este etarra, en realidad, sólo estaba procesado por "pertenencia a banda armada". De hecho, pocos días después de su arresto fuentes de la Audiencia Nacional reconocían que era "difícil" que pudiera ser juzgado en España dado que Francia no concedía la extradición por el delito que se le imputaba. Es decir, el arresto de Aldaba Barrena no sirvió para nada más que para generar titulares en la prensa.El arresto de Aldaba Barrena no sirvió para nada más que para generar titulares en la prensa.
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